viernes, 27 de julio de 2007

Flores para Algernon de Daniel Keyes

Este libro, considerado por muchos, como de los mejores libros de ciencia ficción, fue escrito por Daniel Keyes y publicado por primera vez en 1959 en "The Magazine of Fantasy & Science Fiction".

El libro se basa en la historia de Charlie Gordon, una persona de 32 años que tiene un CI de 68, quien personalmente acepta ser sometido a un tratamiento para aumentar su inteligencia.

Pese a todo pronostico, Charlie comienza a aumentar su inteligencia hasta el punto de volverse un genio (aprende 20 lenguas, es capaz de componer una pieza para piano,ayuda en la investigación sobre los procedimientos que se emplearon en él ).

Es narrado en primera persona, a través del cual se puede percibir los problemas y dificultades a los que se ve enfrentado Charlie por tratar de comprender la persona que fue y la que es ahora, la búsqueda de un equilibrio emocional y de un conocimiento sobre si mismo.

Como anécdota se puede leer en la Wikipedia:
Asimov contaba en una antología de los premios Hugo editada por él que, al entregarle el premio Hugo, en lugar de ponerse a pensar en aquellos relatos de su propia cosecha que lo hubieran merecido más, le preguntó en voz alta delante de la audiencia, en la más completa sinceridad y admiración al escritor, Daniel Keyes, - ¿Cómo lo has hecho?-. A lo cual el autor agarró de la chaqueta al Buen Doctor y le susurró: -Oye, Isaac, cuando lo descubras me lo dices, ¿vale? De verdad que me encantaría repetirlo-
Ante todo es un relato emotivo, que permite reflexionar acerca de las bondades que a veces dejamos pasar desapercibidas.

21

He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la Humanidad. He considerado que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me ha parecido siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.

Así, no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo creer en una suma de animales, me he quedado, como otros de la orilla de las gentes, en esa distancia de todo a que comúnmente se llama la Decadencia. La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía.

A quien como yo, así, viviendo no sabe tener vida, ¿qué le queda sino, como a mis pocos pares, la renuncia por modo y la contemplación por destino? No sabiendo lo que es la vida religiosa, ni pudiendo saberlo, porque no se tiene fe con la razón; no pudiendo tener fe en la abstracción del hombre, ni sabiendo siquiera qué hacer de ella ante nosotros, nos quedaba, como motivo de tener alma, la contemplación estética de la vida. Y, así, ajenos a la solemnidad de todos los mundos, indiferentes a lo divino y despreciadores de lo humano, nos entregamos fútilmente a la sensación sin propósito, cultivada con un epicureismo sutilizado, como conviene a nuestros nervios cerebrales.

Reteniendo, de la ciencia, solamente aquel precepto suyo central de que todo está sujeto a leyes fatales, contra las cuales no se reacciona independientemente, porque reaccionar es haber hecho ellas que reaccionásemos; y comprobando que ese precepto se ajusta al otro, más antiguo, de la divina fatalidad de las cosas, abdicamos del esfuerzo como los débiles del entretenimiento de los atletas, y nos inclinamos sobre el libro de las sensaciones con un gran escrúpulo de erudición sentida.

No tomando nada en serio, ni considerando que nos fuese dada, por cierta, otra realidad que nuestras sensaciones, en ellas nos refugiamos, y a ellas exploramos como a grandes países desconocidos. Y, si nos empleamos asiduamente, no sólo en la contemplación estética, sino también en la expresión de sus modos y resultados, es que la prosa o el verso que escribimos, destituidos de voluntad de querer convencer al ajeno entendimiento o mover la ajena voluntad, es apenas como el hablar en voz alta de quien lee, como para dar objetividad al placer subjetivo de la lectura.

Sabemos bien que toda obra tiene que ser imperfecta, y que la menos segura de nuestras contemplaciones estéticas será la de aquello que escribimos. Pero, imperfecto y todo, no hay poniente tan bello que no pudiese serlo más, o brisa leve que nos dé sueño que no pudiese darnos un sueño todavía más tranquilo. Y así, contempladores iguales de las montañas y de las estatuas, disfrutando de los días como de los libros, soñndolo todo, sobre todo para convertirlo en nuestra íntima substancia, haremos también descripciones y análisis que, una vez hechos, pasarán a ser cosas ajenas que podemos disfrutar como si viniesen en la tarde.

No es éste el concepto de los pesimistas, como aquel de Vigny, para quien la vida es una cárcel, en la que él tejía paja para distraerse. Ser pesimista es tomar algo por trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad. No tenemos, es cierto, un concepto de valía que apliquemos a la obra que producimos. La
producimos, es cierto, para distraernos, pero no como el preso que teje la paja, para distraerse del Destino, sino como la joven que borda almohadones para distraerse, sin nada más.

Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé a dónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esta posada una prisión, porque estoy compelido a aguardar en ella; podría considerarla un lugar de sociabilidad, porque aquí me encuentro con
otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. Dejo a lo que son a los que se encierran en el cuarto, echados indolentes en la cama donde esperan sin sueño; dejo a lo que hacen a los que conversan en las salas, desde donde las músicas y las voces llegan cómodas hasta mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos en los colores y en los sonidos del paisaje, y canto lento, para mí solo, vagos cantos que compongo mientras espero.

Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el pasaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien.

["Trecho inicial" de Fernando Pessoa aparece en Libro del Desasosiego (1985)]

viernes, 6 de julio de 2007

Capturado en vídeo el movimiento de un electrón



Tal vez al leer el título de la entrada no hace que cobre importancia, pero el solo hecho de que se haya capturado el movimiento de un electrón, cuya masa es 9.11 × 10−31 kg o como lo dirían en Eliax la "mil-millonésima de una mil-millonésima de una mil-millonésima de un gramo" se pueda entender la magnitud de este avance.

El vídeo fue logrado por dos físicos de la Brown University, en el enlace de SciencieDaily se puede leer acerca de como se pudo lograr filmar al electrón.

Vía: Eliax.com
Más información: SciencieDaily
Enlace del vídeo: Youtube

lunes, 2 de julio de 2007

Flip: para poder escribir al revés

Flip es una herramienta online que permite poder invertir cualquier texto. Los resultados son los siguientes:

.oʇxǝʇ ɹǝınb1ɐnɔ ɹıʇɹǝʌuı ɹǝpod ǝʇıɯɹǝd ǝnb ǝuı1uo ɐʇuǝıɯɐɹɹǝɥ ɐun sǝ dı1ɟ

Aunque no deja de ser una herramienta curiosa, sin ninguna aparente utilidad, no deja de ser entretenida por momentos.

Vía: Menéame

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