lunes, 23 de junio de 2014

XXIII

Todos mis actos, todas mis palabras, continúan vivos, avanzan más allá de la esquina en que me apoyo, los veo marchar, desde este lugar del que no puedo salir, los veo, actos y palabras, y no los puedo enmendar, si fueran expresión de un error, explicar, resumir en un acto solo y en una palabra única que lo expresaran todo por mí, aunque fuese para poner negación en lugar de duda, oscuridad en lugar de penumbra, un no en lugar de un sí, ambos con el mismo significado, y lo peor de todo quizá no sean siquiera las palabras dichas y los actos realizados, lo peor, porque es irremediable definitivamente, es el gesto que no hice, la palabra que no dije, aquello que habría dado sentido a lo hecho y a lo dicho, Si un muerto se inquieta tanto, la muerte no es sosiego,  No hay sosiego en el mundo, ni para los muertos, ni para los vivos. Entonces cuál es la diferencia entre unos y otros. La diferencia es una sola, los vivos aún tienen tiempo, pero el mismo tiempo lo va acabando, para decir la palabra, para hacer el gesto. Qué gesto, qué palabra. No sé, se muere de no haberla dicho, se muere de no haberlo hecho, de eso se muere, no de enfermedad, y por eso le cuesta tanto a un muerto aceptar su muerte. Mi querido Fernando Pessoa, usted se ha vuelto loco de tanto leer. Mi querido  Ricardo Reis, yo ya ni leo. Dos veces improbable esta conversación, queda registrada como si hubiese ocurrido, no había otra manera de hacerla plausible” .

[José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis] 

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